Capitalismo y soberanía del individuo Por Ludwig von Mises

Capitalismo y soberanía del individuo

Por Ludwig von Mises


Ludwig Von Mises

A finales de los años cincuenta, Ludwig von Mises pronunció un ciclo de conferencias en Buenos Aires. En la sencillez y la fuerza pedagógica de aquellos textos se resume y concentra todo su pensamiento. Compilados por su viuda a la muerte del gran economista, son hoy una lectura de base para quienes se interesan por la economía y la sociedad libres. En este pasaje, von Mises nos sintetiza las claves del capitalismo como único sistema económico que coloca al individuo, en tanto que consumidor, en el puesto de mando. Capitalismo equivale, sencillamente, a soberanía directa de las personas.

En una economía de mercado, el individuo es libre de escoger cualquier carrera que desee, así como su propio modo de integrarse en el conjunto de la sociedad. En un régimen socialista, por el contrario, las cosas no son así: la carrera de cada uno viene establecida por decreto, y el Estado puede ordenar a algunos ciudadanos (aquellas personas que no le resultan confiables) que se trasladen a vivir y trabajar en otras regiones. El Estado siempre tiene argumentos para justificar tales órdenes, declarando que sus altos planes “necesitan” de la participación del eminente ciudadano fulano a miles de kilómetros de distancia del lugar donde, de hecho, el poder político prefiere no tenerle.

Es cierto que la libertad de la que cualquiera puede beneficiarse en una economía de mercado no es perfecta desde el punto de vista metafísico. Pero lo que pasa es que no existe una libertad “perfecta”. La libertad sólo tiene sentido en el marco de la sociedad. Los teóricos del “Derecho natural” dieciochesco, encabezados por Jean-Jacques Rousseau, creían que en un pasado lejano e idealizado la Humanidad habría disfrutado de una supuesta libertad “natural”. Pero en ese pasado nebuloso los individuos no eran en absoluto libres. Por el contrario, se veían sometidos al capricho de quienquiera que resultara más fuerte que ellos. Las famosas palabras de Rousseau, “el hombre nació libre pero en todas partes se encuentra encadenado”, pueden sonar bien pero, de hecho, el hombre no nace libre. La persona, al momento de su venida al mundo, es un ser extremadamente frágil que, sin la protección de sus padres, y sin la protección de la sociedad a éstos, sería incapaz de sobrevivir.

La libertad en el marco de la sociedad significa que cada persona depende de las demás en la misma medida en que las demás dependen de ella. La sociedad, en una economía de libre mercado, es un sistema en el que cada uno sirve a sus conciudadanos y recibe a cambio el servicio de éstos. Hay quienes se imaginan que en la economía de mercado ciertos empresarios son independientes de la voluntad y de la acción de los demás individuos. Creen, así, que los grandes empresarios industriales y otros hombres de negocios son quienes mandan de verdad en el sistema económico. Esta es una ilusión. Los verdaderos jefes del sistema son los consumidores, y cuando éstos dejan de apoyar un determinado negocio, los empresarios que a él se dedican se ven obligados o a abandonar esa actividad o a adaptarse a los deseos y necesidades de los consumidores.

Una de las más conocidas propagandistas de la teoría comunista fue Lady Passfield, hija de un rico empresario. En su juventud trabajó como secretaria de su padre, y en sus memorias escribió que “en la empresa de papá todo el mundo estaba obligado a escuchar sus órdenes. Sólo el mandaba y nadie le mandaba a él”. Esta es una visión muy corta de la realidad. Su padre “recibía” órdenes de los consumidores, de los compradores de sus productos. Por desgracia, ella no consiguió “ver” estas órdenes. No comprendió lo que sucedía en realidad en una economía de mercado porque sólo se ocupó de las órdenes dadas en el seno de la fábrica o del despacho de su padre.

Cualquiera que sea el problema económico del que nos ocupemos, debemos recordar siempre las palabras del gran economista francés Frédéric Bastiat, que tituló un lúcido ensayo suyo “Lo que se ve y lo que no se ve”. Para comprender cómo opera un sistema económico, no hay que detenerse sólo en las cosas obvias, sino que debemos prestar atención a las cosas que ocurren y que no se perciben de forma directa. (…)

De hecho, en el sistema capitalista, los verdaderos jefes son en última instancia los consumidores. El soberano no es el Estado sino la población, y la prueba de la soberanía de los consumidores es su derecho a equivocarse: ése es el privilegio del soberano. El soberano tiene derecho a cometer errores sin que nadie se lo impida, aunque, por supuesto, habrá de pagar por sus errores. Afirmar la supremacía del consumidor, o su soberanía, no equivale a decir que nunca se equivoca, ni a suponerle al consumidor la sabiduría necesaria para comprender en todo momento qué es lo que le conviene. El consumidor frecuentemente compra o consume cosas que en realidad no le convienen.

La idea de que puede existir una forma de gobierno capitalista capaz de impedir que la gente se provoque daños a sí misma, controlando su consumo, es una idea falsa. El Estado, imaginado como autoridad paterna, como tutor universal, es la idea de quienes cuantos se inclinan hacia alguna forma de socialismo. Hace unos años, en los Estados Unidos, el Estado intentó un experimento supuestamente “noble”, consistente en una ley que prohibía el consumo de bebidas alcohólicas. Era cierto, sin duda, que mucha gente consumía demasiado brandy o whisky, dañándose por tanto a sí mismos. En ese país hay, entre las autoridades, quienes se oponen incluso a la libertad de fumar. Y sin duda hay muchos individuos que fuman demasiado aunque sea malo para ellos. El problema, sin embargo, va mucho más allá de la discusión meramente económica, y pone en evidencia el significado real de la libertad. Si admitimos como una política oportuna impedir que la gente se provoque daños por sí misma, por ejemplo mediante el alcohol o el tabaco, no faltará quien argumente de inmediato que el cuerpo no lo es todo, que la mente es mucho más importante al ser el don que diferencia a los seres humanos, su cualidad principal. Y entonces, si le damos al Estado el derecho de controlar lo que consume el cuerpo humano, no podremos replicar a quienes pretendan extender ese control a la mente argumentando, por la misma regla de tres, que los individuos también se dañan a sí mismos leyendo determinados libros, escuchando cierta música o viendo películas no recomendables, etcétera, y que es por lo tanto tarea del Estado impedir que la gente cometa esos errores.

Como sabemos, durante siglos el Estado y sus autoridades se han arrogado esta función. Esto no solamente ocurrió en tiempos remotos. Hace poco que Alemania tuvo un gobierno que se creía con derecho a distinguir entre la pintura de buena o mala calidad basándose en los criterios de una persona que, de joven, fue rechazado en la Academia de Arte de Viena. Esa “buena” o “mala” calidad de las obras pictóricas dependía de los gustos de un pintor de tarjetas postales llamado Adolf Hitler. Se prohibió por ley expresar puntos de vista sobre el arte y la pintura diferentes de los del führer supremo.

Si aceptamos como tarea estatal el control de nuestro consumo de alcohol, ¿qué podremos replicar a los que afirman que es mucho más importante supervisar los libros y las ideas?

La libertad significa, en gran medida, poder equivocarse. Es muy importante retener esta idea. Podemos estar seguros de que la forma de vida de un conciudadano nuestro es totalmente criticable y errada, pero en una sociedad libre siempre tendremos muchas vías de expresar nuestra crítica y proponer alternativas. Podremos escribir libros y artículos, podremos pronunciar discursos al respecto, y hasta podremos predicar nuestra visión del asunto en las esquinas de las calles si así lo queremos, pero no tendremos derecho a exigir la supervisión policial sobre esos conciudadanos que actúan de forma diferente, ni a impedir que actúen, incluso equivocándose, de la forma por ellos escogida.

Esta es la diferencia entre la esclavitud y la libertad. El esclavo hace lo que le manda su dueño, mientras el ciudadano libre, y este es el significado profundo de la libertad, escoge él su propio modo de vida. Sin duda se puede abusar de este sistema, del capitalismo, y no faltan quienes lo hacen.

En una economía de mercado cada persona, al servir a sus conciudadanos, se sirve a sí misma. A esto se referían los autores liberales del siglo XVIII cuando hablaban de los intereses correctamente entendidos de todos los grupos e individuos. Fue esta doctrina liberal de la armonía de los intereses la que suscitó la oposición de los socialistas, que creían en la existencia de un conflicto entre los intereses supuestamente irreconciliables de los diversos grupos.

Ludwig von Mises (1881-1973) fue uno de los mayores exponentes de la “escuela austriaca” de pensamiento económico.

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