Mijail Bakunin, el principal ideólogo del anarquismo (LXXIII)

Por: JAVIER MEMBA

 

Si bien Godwin, además de padre de Mary Shelley fue el primer anarquista especulativo, el austríaco Max Nettlau (1865-1944) -el Herodoto de la anarquía, que lo llamó Rudolf Rocker (1873-1958)- ya ve inspiración libertaria en la aversión al estado del filósofo griego Zenon de Cicio (333-263 a.C.). La desobediencia, como poco, es tan antigua como la sumisión. Pero de cuantos pensadores ha dado desde entonces el sentir libertario, fue Mijail Bakunin el principal ideólogo del anarquismo como acción revolucionaria. El resto de sus predecesores el pensamiento ácrata -además de Godwin lo fueron Max Steiner (1806-1856) y Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)- eran, como con tanto acierto señala Bert F. Hoselitz, anarquistas especulativos. 

Lo primero que sorprende al estudiar la figura de Bakunin es que un hombre, que vivió tan entregado a la acción revolucionaria que jamás tuvo tiempo de terminar un libro -todos sus volúmenes son compilaciones de cartas y textos ocasionales, muchos de ellos escritos en la cárcel- pasé por ser el principal teórico de algo. Sólo si consideramos que para la anarquía lo que cuenta es la práctica, que no la teoría, el enigma queda explicado. Apasionado de las sociedades clandestinas y radicales,bien en las barricadas, bien apoyándolas de una u otra manera, Bakunin participó en todas las insurrecciones de las que tuvo noticia, que no fueron pocas teniendo en cuenta que la época que le tocó vivir fue la de las grandes revoluciones. 

Los círculos revolucionarios 

Nació en Torjok, muy cerca de Moscú, en 1814, fue la suya una familia de terratenientes. Siguiendo el deseo paterno ingresó en la academia militar, pero abandonó la carrera de las armas en 1836, siendo oficial de la Guardia Imperial. “Me enamorisqué, me enredé, me descarrié”, apunta el mismo Mijail en la confesión que dirigiera al zar Nicolás I, preso el rebelde de por vida en una mazmorra de la fortaleza de San Pedro y San Pablo. “En 1840 obtuve de mi padre, no sin grandes dificultades, la autorización de salir al extranjero para estudiar en la Universidad de Berlín”. Sumergido en la metafísica alemana, “noche y día no veía otra cosa que las categorías de Hegel”. Traslado a Dresde algunos meses después, entra allí en contacto con los círculos revolucionarios en los que llama la atención por la exaltación con que se expresa. 

Los años siguientes llevaran a Bakunin, que malvive de las traducciones del alemán y del ruso, a Bélgica, Suiza, Polonia y Francia. Expulsado de París en 1847 a instancias de la embajada rusa, después de haber pronunciado una conferencia sobre el alzamiento polaco de 1831 contra la dominación zarista, se exilia en Bruselas. Tras su participación en las insurrecciones de Praga y Dresde (1848), es detenido en Sajonia (1849) y condenado a muerte. Entregado a Rusia, el zar, que está al corriente de toda la actividad subversiva de Bakunin, ordena personalmente que se le confine de por vida en la mazmorra ya aludida. 

Tan ateo como colectivista 

Tras siete años de cautiverio, perdidos los dientes a consecuencia del escorbuto que padece y viendo que va a morir sin realizar su proyecto revolucionario, Mijail accede a llevar a cabo la confesión que Nicolás I le ordena para suavizar su condena. Repleto de un falso arrepentimiento, no en vano en sus párrafos leemos: “El motor principal en Rusia es el miedo. (…). En todas partes se roba, en todas partes se soborna y, por dinero, se cometen injusticias (…), pero eso, en Rusia, sucede en mayor grado que en los restantes estados”. 

Conmutada la cadena perpetua por destierro en Siberia, logrará evadirse en 1861 a través de Japón y Estados Unidos. Instalado en Londres en 1861 su pensamiento ha pasado del paneslavismo democrático anterior a su confinamiento al anarquismo. A diferencia de la idea generalizada, para Bakunin la acracia no es el desorden gratuito, sino la base para una sociedad fraternal. “La solidaridad y la libertad son la esencia del género humano”, apuntará en “El estado y la anarquía” (1873). Tan ateo como colectivista, sostiene que “el Estado es el producto de la religión. Nació en todos los países del maridaje de la violencia (…) con los dioses creados por la fantasía teológica de los hombres”. Estos planteamientos le llevarán a fundar en 1869 la Alianza Socialdemocráta, que no tardará en adherirse a la Primera Internacional. 

En el seno de esta última organización, Bakunin conocerá al que junto con el Zar habría de ser su otro gran enemigo: Karl Marx. Producida la inevitable ruptura entre anarquistas y autoritarios, los libertarios -la gran mayoría- fundarán la Asociación Internacional de los Trabajadores. Retirado a Suiza en 1872, morirá cuatro años más tarde. “En Bakunin todo era colosal. Estaba lleno de fuerza y exuberancia”, diría de él Richard Wagner, su compañero en las barricadas de Dresde. Las obras completas del revolucionario verían la luz en seis volúmenes aparecidos en París entre 
1985 y 1913. 

 

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2002/10/06/anticuario/1033751938.html


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